miércoles, 27 de febrero de 2008

DIAS DE LLUVIA




Hay jornadas infinitas y ésta ha sido una de ellas. Ha llegado ese fastidioso punto del día en el que el cansancio acumulado empieza a hacer mella en el cuerpo y el alma saturada comienza areclamar un rato de atención mimosa.
Ha terminado el trabajo, hecho la compra, y ahora llega el momento tan esperado de enfrentarse con el descanso. Te derrumbas encima del sofá y respiras profunda y satisfactoriamente, creyendo haber encontrado el lugar perfecto para desconectar. Pero a medida que avanzan los minutos esa primera sensación de placidez se diluye en el aire. Observas a tu alrededor: los cojines ahuecados sobre la butaca, el cenicero vacío sobre la mesa, las cortinas que impiden que el festival de luces de la calle allane tu salón, la tele silenciada pasando imágenes... Todo está en su sitio, en el mismo sitio de siempre. La tranquilidad, la misma de siempre. Todo sabe a rutina, a monotonía, a aburrimiento impertinente y es ese regusto a dejá vu el que hace que saltes de tu asiento, ansioso por escapar de unas paredes que amenazan con echarse encima. Inquieto, te asomas a la ventana. Y allí está. La lluvia gris, plomiza, dibuja delante de ti un muro de agua que bloquea de inmediato ese primer impulso de huída. Empiezas a pensar con urgencia cómo lidiar con esas fastidiosas gotas que han decidido aliarse en tu contra. El coche queda descartado, con este tiempo las distancias se hacen inmensas y los caminos, inseguros; la palabra paseo te provoca pereza solo con imaginarla y el ir de tiendas hace tiempo que no entra en tus planes de recreo.
Añoras tener un refugio, un lugar fijo al que ir corriendo mientras dejas atrás los ruidos de la vida
cotidiana. Un sitio donde no te llueva sobre la cabeza, ya sea en forma de gotas o de problemas. Una pequeña guarida urbana en la que darle tregua a la prisa, tomar algo gratificante y, por qué no, entregarte un rato a la vida contemplativa.

Hay algunos lugares a los que puedes acudir en busca de ese deseado cobijo, y así dejar de dar vueltas sin sentido en los días como hoy. Días de lluvia.
De la misma manera que no podemos utilizar el mismo paraguas para resguardarnos de una fina llovizna y de un terrible aguacero, no podemos enfrentarnos de modo rutinario y sistemático a nuestro humor, siempre cambiante. Puede que hoy te hayas levantado con una morriña sonriente pegada a la piel y, por qué no, te apetezca saborear esa nostalgia momentánea. Y si es así, ningún sitio mejor para ello que la capital de Galicia. Se suele decir que si no puedes con el enemigo es mejor que te unas a él, y hay ciudades donde es preferible amigarse con la lluvia, casi
diaria, si no quieres que el gruñido se convierta en tu modo de expresión habitual. Ése es el caso de Santiago de Compostela. No miente quien dice que la lluvia allí es arte y, para comprobarlo, lo
mejor que puedes hacer es calzarte las botas y, sin miedo y sin remilgos, salir a dar un paseo sobre el encharcado suelo de piedra del casco histórico hasta llegar al Camalea. El Camalea es un local mediano, cuadrado y tremendamente cálido que se sitúa justo allí donde puedes apreciar toda la belleza melancólica de la ciudad, y ya has dejado atrás el tumulto de tiendas sembradas de fiebre turista. A partir de las seis de la tarde de cualquier día, podrás abrigarte entre sus paredes de piedra, libres de estridencias, y disfrutar de un buen café o una buena infusión caliente mientras aprovechas la conexión wifi para responder tranquilamente los correos electrónicos que hacen cola en la bandeja de entrada. Su ambiente cosmopolita y variado, convierten al número 4 de la plaza de San Martiño en un punto de encuentro ideal, haciendo que se asome a tu cara la sonrisa de la tranquilidad. Mira por la ventana. respira tranquilidad. Vive.

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